Deshazte

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El sonido de la bocina de un barco golondrina se escuchó a lo lejos. Navegaba despacio, rodeando la pequeña isla que se formaba al frente. El agua del mar Mediterráneo estaba tranquila, y golpeaba suavemente las piedras de la playa, se escuchaba el rumor ligero de las olas y aportaba cierta tranquilidad, como si el mundo mismo descansara en aquel rincón. No había arena, sólo duras y lisas rocas alrededor. Quizás era el mejor sitio que había encontrado para esconderse un rato del mundo, para impregnarse de un poco de la belleza oculta y misteriosa de aquella isla, para desaparecer de lo que era su rutina del día a día… Iba descalzo, saboreando con sus pies el calor de la piedra, y movió un tanto cada uno de los dedos de sus pies, sintiéndose algo mejor.

Dio un largo bostezo, estiró los brazos y se quedó un rato así, con los brazos sobre la cabeza, apoyados sobre su melena de color castaño oscuro, contemplando las vistas de frente hacia la Valleta. Iba sin camiseta, y una pequeña brisa cálida le acarició el pecho. Bajó los brazos nuevamente tras sentirlos un poco en tensión y se acercó hasta el final de la piedra, justo donde ya sólo había agua y la contempló. El agua era tan azul, que casi se podía entrever el fondo marino, lleno de algas. Algún pez subió a la superficie para después, volverse a sumergir.

Se quedó un rato más contemplando y desentrañando aquel paisaje que siempre lo sacudía por dentro. El ambiente olía a húmedo, y las nubes se desplazaban despacio, tranquilamente, anunciando el fin del verano. Sigue leyendo “Deshazte”

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Las lágrimas del desamor son demasiado hermosas y tristes

—Nadie se merece tus lágrimas, no merece la pena que estés así por nadie —Ya lo sabía, y por más que quisiera y por más que se lo dijeran, era imposible sentirse a veces impotente, a veces vacía, a veces débil como ninguna. Se restregó los ojos por un momento, alzó un tanto la mano hacia el cielo, como intentado agarrar los pequeños hilos de luz que desprendía el sol, y se sintió por un momento desintegrarse, comenzando por la punta de su corazón roto, sintiendo la descomposición por cada una de las partes de su cuerpo, hasta llegar finalmente a la punta de sus dedos, y la nariz. Y por un momento, sintió que volaba hacia más allá de aquel cielo azul demasiado despejado.

Se sintió, aquel día, un poco mejor.

De flores y mostachos

La noche era apacible, y una brisa ligera corría a través de las briznas de césped verde mojado por el rocío. Los grillos cantaban a lo lejos, mientras el silencio de la noche se deslizaba como un manto espeso queriendo cubrirlo todo.

Él suspiró de verdadero placer, estiró sus brazos hacia el cielo mientras una sonrisa le iluminaba las mejillas, cerró los ojos por un momento y finalmente, se alisó la falda de color beige con estampado de flores para sentarse en aquella alfombra natural. Otra pequeña brisa acarició su nuca, reconfortándole. La falda creaba en la hierba un pequeño círculo floreado, como si de un pequeño jardín se tratara.

Ella, ya sentada junto a él, por un momento dejó de observar el perfil de sus labios carnosos para fijarse en aquella luna llena que los iluminaba. Instintivamente, se llevó su mano derecha hacia su bigote anaranjado, como siempre hacía cuando se sumergía en sus pensamientos. Acarició la punta de éste, y se amansó la parte encrespada. Finalmente, se tumbó en el suelo, junto a él.

Sus miradas se entrelazaron, ella se reflejó en sus ojos verdes intenso. Él se sumergió en aquel marrón oscuro que tanto le magnetizaba. Quizás alguna estrella fugaz pasó por el cielo en ese momento, mas sus miradas estaban demasiado ocupadas, haciendo el amor.