Amago de labios

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Cuando la sonrisa se consume entre millones de recuerdos, y tú no estás, no me pidas que borre éstas lágrimas de despedida, provocadas por tus miradas lejanas. Y ya sólo me queda decirte adiós con un amago de labios, pues ya no tengo voz…

Abismos

Me miraba con esos ojos negros, grandes y algo desproporcionados en su cara. Estaba sentada en uno de esos asientos azules del metro, y me miraba, no dejaba de mirarme. Y por alguna razón no podía dejar de mirarla a ella.

No sé cómo eran sus facciones, ni cómo iba vestida. Solo puedo recordar sus dos ojos grandes y profundamente negros, De alguna manera sobrehumana me absorbían, me sentía inesperadamente atraído por ellos, por una fuerza magnética que superaba a mi voluntad.

Y cuando quise darme cuenta, ya estaba dentro de las profundidades de sus cavidades oculares, desintegrándome por completo, sintiendo como me desmembraba y me devoraba desde dentro. El mundo a mi alrededor era sólo oscuridad, y ya no quedaba nada más de él, ni de mí.

 

 

 

Las lágrimas del desamor son demasiado hermosas y tristes

—Nadie se merece tus lágrimas, no merece la pena que estés así por nadie —Ya lo sabía, y por más que quisiera y por más que se lo dijeran, era imposible sentirse a veces impotente, a veces vacía, a veces débil como ninguna. Se restregó los ojos por un momento, alzó un tanto la mano hacia el cielo, como intentado agarrar los pequeños hilos de luz que desprendía el sol, y se sintió por un momento desintegrarse, comenzando por la punta de su corazón roto, sintiendo la descomposición por cada una de las partes de su cuerpo, hasta llegar finalmente a la punta de sus dedos, y la nariz. Y por un momento, sintió que volaba hacia más allá de aquel cielo azul demasiado despejado.

Se sintió, aquel día, un poco mejor.

Acongojada

Sabía que el cielo de ese día no era el mismo de siempre, ni las horas que pasaban una tras otra en reloj, ni las palomas, ni la calle. Las había perdido. Y aunque sabía que sólo era depresión, que su corazón estaba hecho guijarros, no podía dejar de ver su propio espectáculo. Horrible y aterrador, angustioso y oscuro. El acongojamiento.

Noade nunca se había sentido de tal manera. Quizás porque en el fondo sabía que la inmensa tristeza nunca había conseguido atraparla del todo y vencerla. Pero ahora que estaba derrotada, tirada en el suelo húmedo y frío,  ahora que sentía las huesudas manos de la debilidad, del decaimiento voluptuoso, se había dado cuenta de cuán equivocada que estaba. Ningún dolor de desamor era comparable, ni el de la pérdida de ningún familiar, ni el del bullying escolar, nada podía compararse.

Y ella sólo se decía: “Basta, basta… Ya no más”. La muerte con sus huesudas manos le tentaba hacia el abrazo, un abrazo eterno y sin compasión, que le librara de todo aquello. Pero el miedo a lo desconocido la refrenaba.

Una lágrima escapó de la esquina de sus ojos. Una lágrima que nunca volverá.