Careless Whisper

Durante los días de invierno, las hojas tiritaban entre la fría y húmeda brisa que soplaba del norte. Las palabras se deslizaban sigilosamente por la pluma de color negro y se vaciaban en el fino papel, doblado por la fuerza, a veces del viento. De vez en cuando, alguien se asomaba a la pequeña plaza, curioseaba un rato, posaba su tímida mirada en sus quehaceres y marchaba, como las hojas en invierno. Últimamente, y a pesar de que se encontraba en su rincón de musas, escribir no le suponía tanto. Ya no significaba tanto, no quería seguir escribiendo de esa manera tan fría.

Se levantó pesarosamente del frío banco gris, y caminó mientras se fumaba tranquilamente un cigarrillo. El cansancio de escribir de mil y una maneras el mismo poema casi ya le producía nauseas, pero no se rendía. Sólo pensaba en su sonrisa y en aquel calor que no conocía. De su boca salía el humo después de haberlo aspirado del cigarrillo, y de su mente, mil y pensamientos.Tenía miedo de encontrarse con aquella cara en algún lugar de la ciudad, y sin embargo, las casualidades no existían, ya lo sabía.

Caminaba mientras observaba la tibieza del pequeño atardecer de la ciudad mientras se interponía la noche. Todo era tan dramático aquella noche que decidió que no escribiría más aquella escena. Cogió la hoja garabateada y la miró por última vez. La dejó sobre uno de esos bancos frente a la catedral, y desapareció entre las calles.

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Los señores calvos de mi oficina

No hace mucho y con cierta sonrisa, recuerdo, un pequeño sueño producido por una siesta demasiado larga quizás. Era una tarde de esas de invierno en la que mi piso estaba demasiado frío y demasiado solitario, después de una comida algo silenciosa. Decidí que era necesario reponer fuerzas con una merecida siesta en mi cama.

Eran días de mucho trasiego en la oficina, y los montones de folios se acumulaban en el escritorio, preparados para una acción que nunca llegaba. Creo recordar que me quedé dormida pensando en aquellos montones de hojas, con cierta ansiedad de saber que tenía que hacer algo con ellos. Mi subconsciente se aprovechó de éso.

Digamos que yo acabé y no sé cómo, de nuevo, en las oficinas de mi trabajo. A rebosar de gente, a pesar de ser fin de semana. Mis pasos me condujeron hasta mi monótono escritorio, repleto, cómo no, de hojas de papel. Un suspiro cansino me sobrevino y me senté pesadamente sobre la silla. Encendí el ordenador para mirar la bandeja de correo de turno. Pero sólo un correo llegó. Curiosamente era mi jefe, que me llamaba a su despacho en cinco minutos.  Sigue leyendo “Los señores calvos de mi oficina”