Cómo escribir microrrelatos

Parece una tontería, ¿verdad? Que yo venga aquí a hablaros sobre cómo escribir microrrelatos, algo que parece súmamente fácil. Pero no. Ante todo, vengo aquí a desmontaros todos los esquemas. Porque aunque sea un texto corto, aunque sean solo unas líneas, escribir microrrelatos, es, sobretodo, un arte. Quiero avisar antes de nada que ésta es mi mera opinión. Por supuesto, si hay lectores de por medio, y los lectores lo aceptan como tal, no tiene tampoco por qué haber problemas. Muchas veces, romper esquemas es la mejor manera de avanzar.

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Escamas

Alguien me contó hace mucho tiempo, que se cuenta que en las noches de luna nueva, una rosa negra con pétalos duros y con forma de escamas de dragón mira hacia aquí. Hacia algún lugar de la Tierra. Que no es una rosa cualquiera, que se alimenta del frío y de la soledad.

Ese mismo alguien me dijo que solo una vez la vio, en un día de lágrimas por dentro, de dolor en el pecho, y que notó su mirada en la nuca. Que vio el reflejo por un segundo de uno de sus pétalos mientras caía al suelo.

Quizás esté deshojándose, quizás esté muriendo, o quizás no. Quién sabe.

Amago de labios

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Cuando la sonrisa se consume entre millones de recuerdos, y tú no estás, no me pidas que borre éstas lágrimas de despedida, provocadas por tus miradas lejanas. Y ya sólo me queda decirte adiós con un amago de labios, pues ya no tengo voz…

Abismos

Me miraba con esos ojos negros, grandes y algo desproporcionados en su cara. Estaba sentada en uno de esos asientos azules del metro, y me miraba, no dejaba de mirarme. Y por alguna razón no podía dejar de mirarla a ella.

No sé cómo eran sus facciones, ni cómo iba vestida. Solo puedo recordar sus dos ojos grandes y profundamente negros, De alguna manera sobrehumana me absorbían, me sentía inesperadamente atraído por ellos, por una fuerza magnética que superaba a mi voluntad.

Y cuando quise darme cuenta, ya estaba dentro de las profundidades de sus cavidades oculares, desintegrándome por completo, sintiendo como me desmembraba y me devoraba desde dentro. El mundo a mi alrededor era sólo oscuridad, y ya no quedaba nada más de él, ni de mí.

 

 

 

Las lágrimas del desamor son demasiado hermosas y tristes

—Nadie se merece tus lágrimas, no merece la pena que estés así por nadie —Ya lo sabía, y por más que quisiera y por más que se lo dijeran, era imposible sentirse a veces impotente, a veces vacía, a veces débil como ninguna. Se restregó los ojos por un momento, alzó un tanto la mano hacia el cielo, como intentado agarrar los pequeños hilos de luz que desprendía el sol, y se sintió por un momento desintegrarse, comenzando por la punta de su corazón roto, sintiendo la descomposición por cada una de las partes de su cuerpo, hasta llegar finalmente a la punta de sus dedos, y la nariz. Y por un momento, sintió que volaba hacia más allá de aquel cielo azul demasiado despejado.

Se sintió, aquel día, un poco mejor.

De flores y mostachos

La noche era apacible, y una brisa ligera corría a través de las briznas de césped verde mojado por el rocío. Los grillos cantaban a lo lejos, mientras el silencio de la noche se deslizaba como un manto espeso queriendo cubrirlo todo.

Él suspiró de verdadero placer, estiró sus brazos hacia el cielo mientras una sonrisa le iluminaba las mejillas, cerró los ojos por un momento y finalmente, se alisó la falda de color beige con estampado de flores para sentarse en aquella alfombra natural. Otra pequeña brisa acarició su nuca, reconfortándole. La falda creaba en la hierba un pequeño círculo floreado, como si de un pequeño jardín se tratara.

Ella, ya sentada junto a él, por un momento dejó de observar el perfil de sus labios carnosos para fijarse en aquella luna llena que los iluminaba. Instintivamente, se llevó su mano derecha hacia su bigote anaranjado, como siempre hacía cuando se sumergía en sus pensamientos. Acarició la punta de éste, y se amansó la parte encrespada. Finalmente, se tumbó en el suelo, junto a él.

Sus miradas se entrelazaron, ella se reflejó en sus ojos verdes intenso. Él se sumergió en aquel marrón oscuro que tanto le magnetizaba. Quizás alguna estrella fugaz pasó por el cielo en ese momento, mas sus miradas estaban demasiado ocupadas, haciendo el amor.

La cordura en la locura

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El asfalto quemaba. A pesar de las fuentes del parque de al lado, a pesar de la vegetación. El calor era insoportable, a pesar de ser sólo primeros de junio. Sin embargo, él permanecía allí sentado, en un banco del parque, de madera gastada y sin pintura, roído por el tiempo, justo pegando a la carretera. Permanecía allí con su sombrero de vaquero blanco que siempre le daba ese toque característico.

Le gustaba ver la vida pasar, con sus gafas de motero. Las gafas de sol siempre le daban un aspecto distinto a todo. A la forma de ver el mundo, al color del cielo, al aura de las personas. Estaba cansado de su vida, de no tener sexo todos los días, de la cara mustia de su mujer que era diaria, de ése maldito calor, de su gato. De todo. Prefería estar en ese jodido parque, muerto de calor, que allí, en esa jaula interminable de reproches.

Un diente de león pasó rozando el sombrero de Fortuny, volaba con una ráfaga de brisa repentina y refrescante. Una brisa que no sólo transportaba un diente de león, sino además un trozo de papel doblado y algo arrugado.

El azar es una historia de final desconocido, y sin saber por qué ni cómo, Fortuny acabó agarrando aquel trozo de papel que volaba afablemente, sin darle ninguna explicación lógica a ése suceso. Abrió el papel cuidadosamente, como si tuviera miedo de que se le deshiciese entre las manos. Con una letra clara y uniforme, aquel trozo de papel minúsculo anunciaba el fin del mundo de una manera tajante y soberbia.

Fortuny dejó escapar el trozo de papel entre sus dedos justo con la última brisa de aquel verano. Justo antes de que la locura le atrapase a él en aquel caos de cordura.