El hombre de la luz de la calle

Removí el té con cierto pesar. La música sonaba lentamente en la cafetería, y el vapor de la infusión me llenaba las fosas nasales. El ambiente, a pesar de estar abarrotado de gente, era silencioso. Aquel lugar era ideal. Con sus ventanales, sus estanterías llenas de libros, y aquel olor a tarta recién hecha. Aquel lugar nació a raíz de alguien que amaba la lectura, estaba segura de ello. Di un pequeño sorbo a la bebida caliente que estaba dispuesta en mi mesa, y miré intrigada a mi compañera. Sonreí al verla tan ensimismada contemplando aquel sitio. Sin duda, la mejor cafetería de la ciudad.

—Creo… que me estabas hablando de tu abuela— Dijo ella mientras posaba de nuevo sus ojos marrón oscuro sobre mi. Yo suspiré, era cierto que mi abuela había muerto hacía ya mucho tiempo. Pero siempre le quedaron pequeñas partes de ella clavadas en su corazón. Y no quería olvidar. —Sí, es cierto… Tienes razón. Como te decía, mi abuela siempre me contaba ésta pequeña historia:

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Imperturbable

¡Hola de nuevo!

Hoy os traigo una idea interesante que se me ha ocurrido así, de la nada ¡Puff! Hace tiempo que de vez en cuando participo en distintos concursos de microrrelatos. Al ser pequeñísimos textos, normalmente escribo varios hasta dar con una versión que me guste. Lo que pretendo es, efectivamente, ir publicando de manera esporádica éstos mini textos que no fueron seleccionados, y añadir los que serían sus hermanos, para que hagáis una comparativa y hagamos un debate sobre posibles mejoras, cuál debería haber presentado,… Etc. Considero que puede ser beneficioso tanto para unos, como para otros, y enriquecerse nunca está de más ¿No?

Sin más dilación, os traigo los bosquejos que hice para un concurso de microrrelatos con la temática de San Valentín. En concreto, tenían que ser 40 palabras máximo, y había que hablar sobre el amor sin mencionar las palabras tabú: Amor, querer, besar, corazón y TODOS sus derivados. Además, os indico de antemano, que el último de los relatos siempre será el que yo misma seleccioné y envié al concurso, y que por tanto, quedó descalificado.  A ver qué os parece 🙂

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En el vuelo de tu mirada se pierde la mía. Se ancla a ella y me mece, como si de un barco se tratara a la merced de las olas del mar. Vuela conmigo.

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El silencio es imperturbable en ésta habitación. Te escucho dormido, mientras observo la oscura esquina de nuestra habitación.

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En la imperturbable quietud de tu mirada vive la mía, enredada en los ligamentos de tu iris, te contemplo infinitamente, como si de un universo se tratara, y me pierdo por tus constelaciones interminables desprovistas de toda timidez.

Libertades

Caminaba con paso lento por las calles abotargadas de personas. Se sentía pesada, hinchada, oprimida. Cuanto más rápido caminaba, más pesado se hacía su cuerpo. Las personas pasaban veloces por su lado, con sus prisas y sus preocupaciones mundanales, que solamente a ellos mismos les importaban.

Sentía el pecho tan oprimido que hasta la faringe estaba casi obstruida. Ya le quedaba poco, a la vuelta de la esquina estaba el portal de su casa. Sólo necesitaba aguantar un poco más, un poco más…

Aguantó la respiración, cogió las llaves, se dirigió corriendo hacia la puerta marrón, pasando por el paso de peatones a punto de ponerse el semáforo en rojo y esquivando a los guiris de turno. Metió el trozo de hierro por el agujero de la puerta vieja del portal y giró. Tras entrar, encender la luz y volver a empujar la puerta para cerrarla, la calma volvió a su cuerpo. Una pesada bola subió por todo el esófago hasta llegar a su garganta. Y allí, en su boca, como una bomba atómica,  explotó. Un sonido gutural apareció un segundo en el rellano de su piso y como un relámpago desapareció. Era, sin duda, un eructo.

Blond + Fallo del concurso literario de San Valentín

La habitación permanecía en una quietud casi venenosa. Montones de folios yacían apilados junto a unas máquinas indescifrables de color blanco. Al fondo, pegado a la pared, había un cartel de color blanco con unas cantidades sin demasiados detalles: Precio por fax, 0,05 céntimos. 25 fax, 1 €. Precio por fotocopia, 0,05 céntimos. 125 fotocopias, 5 €. Precio por fotocopia en color, 0,15 céntimos. 50 fotocopias a color, 7 €. Las paredes eran de un color blanco sucio, y la habitación era tan cuadrada que casi asfixiaba. Todo permanecía apagado. En la calle, el sonido del tráfico comenzaba a acrecentarse, la ciudad empezaba a despertarse y las farolas nocturnas se apagaban automáticamente. Una joven con gafas y pelo largo recogido en una trenza se posó frente a la puerta de cristal de aquel habitáculo, con los marcos llenos de pegatinas de cerrajeros. Con una mano rebuscaba las llaves en un bolsillo de su chaqueta. Con la otra sostenía un café de alguna cadena de cafeterías para llevar. Cuando por fin encontró aquel amasijo de acero, abrió la puerta, y de una manera mecánica y rutinaria, encendió los fluorescentes, seguidamente enchufó las fotocopiadoras y los faxes, puso los folios en los cajones correspondientes de las máquinas y finalmente, encendió la radio, en la cual sonaba lo último de Coldplay. Aún era temprano, y no vendrían los primeros estudiantes con apuntes que imprimir hasta pasadas las diez de la mañana. Pero, para sorpresa de la chica, un hombre con gabardina negra y bufanda roja apareció en el lugar. No había oído siquiera el ruido de la puerta al abrirse, pero el cliente estaba allí, así que rápidamente ella le preguntó con amabilidad: Buenos días, ¿En qué le puedo ayudar? Sigue leyendo “Blond + Fallo del concurso literario de San Valentín”

Acongojada

Sabía que el cielo de ese día no era el mismo de siempre, ni las horas que pasaban una tras otra en reloj, ni las palomas, ni la calle. Las había perdido. Y aunque sabía que sólo era depresión, que su corazón estaba hecho guijarros, no podía dejar de ver su propio espectáculo. Horrible y aterrador, angustioso y oscuro. El acongojamiento.

Noade nunca se había sentido de tal manera. Quizás porque en el fondo sabía que la inmensa tristeza nunca había conseguido atraparla del todo y vencerla. Pero ahora que estaba derrotada, tirada en el suelo húmedo y frío,  ahora que sentía las huesudas manos de la debilidad, del decaimiento voluptuoso, se había dado cuenta de cuán equivocada que estaba. Ningún dolor de desamor era comparable, ni el de la pérdida de ningún familiar, ni el del bullying escolar, nada podía compararse.

Y ella sólo se decía: “Basta, basta… Ya no más”. La muerte con sus huesudas manos le tentaba hacia el abrazo, un abrazo eterno y sin compasión, que le librara de todo aquello. Pero el miedo a lo desconocido la refrenaba.

Una lágrima escapó de la esquina de sus ojos. Una lágrima que nunca volverá.

Los señores calvos de mi oficina

No hace mucho y con cierta sonrisa, recuerdo, un pequeño sueño producido por una siesta demasiado larga quizás. Era una tarde de esas de invierno en la que mi piso estaba demasiado frío y demasiado solitario, después de una comida algo silenciosa. Decidí que era necesario reponer fuerzas con una merecida siesta en mi cama.

Eran días de mucho trasiego en la oficina, y los montones de folios se acumulaban en el escritorio, preparados para una acción que nunca llegaba. Creo recordar que me quedé dormida pensando en aquellos montones de hojas, con cierta ansiedad de saber que tenía que hacer algo con ellos. Mi subconsciente se aprovechó de éso.

Digamos que yo acabé y no sé cómo, de nuevo, en las oficinas de mi trabajo. A rebosar de gente, a pesar de ser fin de semana. Mis pasos me condujeron hasta mi monótono escritorio, repleto, cómo no, de hojas de papel. Un suspiro cansino me sobrevino y me senté pesadamente sobre la silla. Encendí el ordenador para mirar la bandeja de correo de turno. Pero sólo un correo llegó. Curiosamente era mi jefe, que me llamaba a su despacho en cinco minutos.  Sigue leyendo “Los señores calvos de mi oficina”

Cafeterías y olvidos

¿Habéis salido alguna vez a a la calle sin las llaves y sin nadie quien después os pueda abrir la puerta de vuestra propia casa? Y para colmo, ¿Sin móvil?

Al principio, todo es adrenalina en tu cabeza. Sólo piensas en ideas radicales como en llamar a un cerrajero. Recuerdas que no has cogido el móvil y te sientes incomunicada. Apenas llevas algo de cambio con el que ibas a comprar chocolate en la tienda de enfrente de tu casa. Y se te ocurre llamar por esa cabina de teléfono que siempre ves con mil anuncios y que ¡Vaya! no funciona.

Pero, ¿Realmente lo necesitas? Tu memoria tampoco te ha dejado memorizar en cinco años el número de teléfono de tu pareja (¿Para qué? te decías, si tengo la agenda del móvil), y aunque se te ocurre pedir el teléfono en la cafetería de enfrente, te das cuenta de que es inutil. En estos momentos es cuando más te maldices por no memorizar el número de móvil, y no, no es porque no lo quisieras, simplemente la vida moderna te da demasiadas facilidades, y que cuando estás sin lo que ella te ofrece te sientes como un James Bond jubilado y con bastón. O incluso peor.

Superada la fase previa de ansiedad, decido ir, irremediablemente al chino de al lado y comprar una libreta y un bolígrafo. Con el dinero restante, decido ir a una cafetería resguardada del mundanal ruido y a la que siempre había querido ir. La tarde pasó rápidamente entre palabra y palabra. Y desde entonces, ha sido mi cafetería favorita donde para resurgir mis palabras como escritora.

¿Os dais cuenta de que estamos demasiados sujetos a las tecnologías y de lo poco necesarias que a veces son?