De flores y mostachos

La noche era apacible, y una brisa ligera corría a través de las briznas de césped verde mojado por el rocío. Los grillos cantaban a lo lejos, mientras el silencio de la noche se deslizaba como un manto espeso queriendo cubrirlo todo.

Él suspiró de verdadero placer, estiró sus brazos hacia el cielo mientras una sonrisa le iluminaba las mejillas, cerró los ojos por un momento y finalmente, se alisó la falda de color beige con estampado de flores para sentarse en aquella alfombra natural. Otra pequeña brisa acarició su nuca, reconfortándole. La falda creaba en la hierba un pequeño círculo floreado, como si de un pequeño jardín se tratara.

Ella, ya sentada junto a él, por un momento dejó de observar el perfil de sus labios carnosos para fijarse en aquella luna llena que los iluminaba. Instintivamente, se llevó su mano derecha hacia su bigote anaranjado, como siempre hacía cuando se sumergía en sus pensamientos. Acarició la punta de éste, y se amansó la parte encrespada. Finalmente, se tumbó en el suelo, junto a él.

Sus miradas se entrelazaron, ella se reflejó en sus ojos verdes intenso. Él se sumergió en aquel marrón oscuro que tanto le magnetizaba. Quizás alguna estrella fugaz pasó por el cielo en ese momento, mas sus miradas estaban demasiado ocupadas, haciendo el amor.

Noche de jazz

Llegaba a casa sobre las 12 de la noche cada día de esa semana agotadora, debido a que en esas fechas eran las fiestas del barrio y el restaurante estaba siempre lleno a rebosar. Y por si no fuera poco, el insomnio se había enamorado de mí, y como recuerdo de nuestras noches de pasión me dejaba unas bonitas ojeras a juego con mi melancolía. Sólo quería sentarme en aquella mecedora al lado del balcón del dormitorio y fumarme un cigarrillo, relajado después de satisfacer a esa bestia de mi interior que sólo me pedía fumar. Sacaba mi pequeña cajetilla de cerillas de las que ya apenas venden, con un dibujo de una chica que se le levantaba el vestido debido al aire a lo Marilyn Monroe, y rascaba una hasta que se desprendiera la llama. Si estaba demasiado nervioso, desperdiciaba siempre tres cerillas. Si no era el caso, al segundo arañazo conseguía encenderlo.

Después, sólo quedaba dar una gran calada y relajarse mecido por aquella silla heredada del piso, mientras contemplaba un cielo sin estrellas y sobrecargado de luces amarillas y nubes, mientras los viandantes que pasaban por aquella zona tan transcurrida hablaban sobre las banalidades del mundo. A veces, sonaba de fondo en mi mente la música de jazz que ponían en el restaurant, a pesar de que estaba a más de cinco kilómetros.

Yo siempre me preguntaba por la belleza escondida que había tras un ladrillo de la casa de enfrente, o de las historias de un contenedor de vidrio. Cosas absurdas para todas aquellas mujeres que al principio se ofrecían a pasar una noche conmigo en las frías y blancas sábanas de mi cama, pero que después acababan olvidando o simplemente escabulléndose. Nunca había disfrutado tanto de la vida hasta que obtuve el divorcio gracias a mi mujer. ¡Allá ella con su cerveza sin alcohol, su café descafeinado, su sexo sin amor y su cine sin emociones como bien dijo Gonzalo Frías!

Pero lo que siempre me quitaba el sueño y hacía que me sentara en aquella silla no era el cansancio después del trabajo, ni siquiera ver el transcurrir de los ríos de gente allá donde fueran, con sus preocupaciones y circunstancias. Lo único que me provocaba un cierto ensimismamiento del cual era muy difícil salir, era la canción que sonaba en mi cabeza, Early Spring de Miles Davis, y aquel balcón que había en frente con persianas de color blanco y madera negra acristalada, que permanecía abierto las 24 horas del día. Tenía incrustadas unas baldosas rojas con poco brillo por la erosión del tiempo, era algo amplio y con bancos a los lados de color negro, al igual que la barandilla, negra y curvada enroscándose como si de un remolino se tratase.

Muchos días cuando llegaba cansado me quedaba mirando lo que guardaba aquel balcón, como si de una caja de bombones se tratara. Y de vez en cuando ella aparecía. Algunas veces con vestidos vaporosos o kimonos, y otras, en cambio, totalmente desnuda o simplemente con un sujetador y braguitas a juego. Pero siempre salía de la ducha cuando llegaba esa hora, ya que así lo indicaba su pelo castaño mojado recogido en una cola. Cuando la veía aparecer un sudor frío empezaba a recorrerme por la frente, quizá de excitación, quizá de temor a que descubriera mi mirada escondida tras la ventana. Pero no había miradas cómplices pues yo siempre permanecía invisible frente a sus ojos.

Y entonces me acuerdo de aquellas noches en las que pasaba relatando un encuentro fortuito donde la invitaba a tomar algo y nos largábamos de todos aquellos sitios sin pagar, corriendo juntos de la mano, con una sonrisa en sus labios, miles de situaciones azarosas dignas de cualquier escritor de café y cigarro en mano, en la esquina de alguna cafetería con un periódico a su izquierda.

Sin embargo, aunque esperase eternamente, mi pesimismo siempre me decía que nada sucedería y Dios sabe que yo de paciencia no sé mucho…

Un relámpago entonces rompió el cielo en dos y miles de gotas comenzaron a caer estrellándose en el asfalto. La marea humana intentaba protegerse con paraguas o corriendo hacia lugares techados. Mi cuerpo estaba resguardado de la lluvia en aquella habitación, en cambio, mi mente parecía estar sobre aquella calle ahora húmeda y resbaladiza, empapada y absorta en aquel balcón.


Relato publicado en libro Casco histórico, finalista del I certamen internacional toledano.