La cordura en la locura

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El asfalto quemaba. A pesar de las fuentes del parque de al lado, a pesar de la vegetación. El calor era insoportable, a pesar de ser sólo primeros de junio. Sin embargo, él permanecía allí sentado, en un banco del parque, de madera gastada y sin pintura, roído por el tiempo, justo pegando a la carretera. Permanecía allí con su sombrero de vaquero blanco que siempre le daba ese toque característico.

Le gustaba ver la vida pasar, con sus gafas de motero. Las gafas de sol siempre le daban un aspecto distinto a todo. A la forma de ver el mundo, al color del cielo, al aura de las personas. Estaba cansado de su vida, de no tener sexo todos los días, de la cara mustia de su mujer que era diaria, de ése maldito calor, de su gato. De todo. Prefería estar en ese jodido parque, muerto de calor, que allí, en esa jaula interminable de reproches.

Un diente de león pasó rozando el sombrero de Fortuny, volaba con una ráfaga de brisa repentina y refrescante. Una brisa que no sólo transportaba un diente de león, sino además un trozo de papel doblado y algo arrugado.

El azar es una historia de final desconocido, y sin saber por qué ni cómo, Fortuny acabó agarrando aquel trozo de papel que volaba afablemente, sin darle ninguna explicación lógica a ése suceso. Abrió el papel cuidadosamente, como si tuviera miedo de que se le deshiciese entre las manos. Con una letra clara y uniforme, aquel trozo de papel minúsculo anunciaba el fin del mundo de una manera tajante y soberbia.

Fortuny dejó escapar el trozo de papel entre sus dedos justo con la última brisa de aquel verano. Justo antes de que la locura le atrapase a él en aquel caos de cordura.

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El hombre de la luz de la calle

Removí el té con cierto pesar. La música sonaba lentamente en la cafetería, y el vapor de la infusión me llenaba las fosas nasales. El ambiente, a pesar de estar abarrotado de gente, era silencioso. Aquel lugar era ideal. Con sus ventanales, sus estanterías llenas de libros, y aquel olor a tarta recién hecha. Aquel lugar nació a raíz de alguien que amaba la lectura, estaba segura de ello. Di un pequeño sorbo a la bebida caliente que estaba dispuesta en mi mesa, y miré intrigada a mi compañera. Sonreí al verla tan ensimismada contemplando aquel sitio. Sin duda, la mejor cafetería de la ciudad.

—Creo… que me estabas hablando de tu abuela— Dijo ella mientras posaba de nuevo sus ojos marrón oscuro sobre mi. Yo suspiré, era cierto que mi abuela había muerto hacía ya mucho tiempo. Pero siempre le quedaron pequeñas partes de ella clavadas en su corazón. Y no quería olvidar. —Sí, es cierto… Tienes razón. Como te decía, mi abuela siempre me contaba ésta pequeña historia:

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