Libertades

Caminaba con paso lento por las calles abotargadas de personas. Se sentía pesada, hinchada, oprimida. Cuanto más rápido caminaba, más pesado se hacía su cuerpo. Las personas pasaban veloces por su lado, con sus prisas y sus preocupaciones mundanales, que solamente a ellos mismos les importaban.

Sentía el pecho tan oprimido que hasta la faringe estaba casi obstruida. Ya le quedaba poco, a la vuelta de la esquina estaba el portal de su casa. Sólo necesitaba aguantar un poco más, un poco más…

Aguantó la respiración, cogió las llaves, se dirigió corriendo hacia la puerta marrón, pasando por el paso de peatones a punto de ponerse el semáforo en rojo y esquivando a los guiris de turno. Metió el trozo de hierro por el agujero de la puerta vieja del portal y giró. Tras entrar, encender la luz y volver a empujar la puerta para cerrarla, la calma volvió a su cuerpo. Una pesada bola subió por todo el esófago hasta llegar a su garganta. Y allí, en su boca, como una bomba atómica,  explotó. Un sonido gutural apareció un segundo en el rellano de su piso y como un relámpago desapareció. Era, sin duda, un eructo.

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