La cordura en la locura

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El asfalto quemaba. A pesar de las fuentes del parque de al lado, a pesar de la vegetación. El calor era insoportable, a pesar de ser sólo primeros de junio. Sin embargo, él permanecía allí sentado, en un banco del parque, de madera gastada y sin pintura, roído por el tiempo, justo pegando a la carretera. Permanecía allí con su sombrero de vaquero blanco que siempre le daba ese toque característico.

Le gustaba ver la vida pasar, con sus gafas de motero. Las gafas de sol siempre le daban un aspecto distinto a todo. A la forma de ver el mundo, al color del cielo, al aura de las personas. Estaba cansado de su vida, de no tener sexo todos los días, de la cara mustia de su mujer que era diaria, de ése maldito calor, de su gato. De todo. Prefería estar en ese jodido parque, muerto de calor, que allí, en esa jaula interminable de reproches.

Un diente de león pasó rozando el sombrero de Fortuny, volaba con una ráfaga de brisa repentina y refrescante. Una brisa que no sólo transportaba un diente de león, sino además un trozo de papel doblado y algo arrugado.

El azar es una historia de final desconocido, y sin saber por qué ni cómo, Fortuny acabó agarrando aquel trozo de papel que volaba afablemente, sin darle ninguna explicación lógica a ése suceso. Abrió el papel cuidadosamente, como si tuviera miedo de que se le deshiciese entre las manos. Con una letra clara y uniforme, aquel trozo de papel minúsculo anunciaba el fin del mundo de una manera tajante y soberbia.

Fortuny dejó escapar el trozo de papel entre sus dedos justo con la última brisa de aquel verano. Justo antes de que la locura le atrapase a él en aquel caos de cordura.

Celeridad

Cada mañana, sobre las siete de la mañana, en el vagón séptimo del metro de la línea amarilla, sube aquel señor con boina y barba espesa y canosa. Se sienta pesadamente en uno de los duros asientos, y apoya su bastón a un lado.

Miraba tres veces a su alrededor, y tras eso, su rostro redondeado comenzaba a apagarse un tanto, su miraba bajaba, y descansaba. Quizás de la monotonía de su vida, quizás de la celeridad con la que corre la vida. Descansaba y disfrutaba de aquel momento sin más, saboreando los segundos, disfrutando de la lentitud de la vía.

Y con cada parada sus ojos despertaban, quizás temiendo haber llegado a su destino, quizás preocupado por el trayecto continuo.

El hombre de la luz de la calle

Removí el té con cierto pesar. La música sonaba lentamente en la cafetería, y el vapor de la infusión me llenaba las fosas nasales. El ambiente, a pesar de estar abarrotado de gente, era silencioso. Aquel lugar era ideal. Con sus ventanales, sus estanterías llenas de libros, y aquel olor a tarta recién hecha. Aquel lugar nació a raíz de alguien que amaba la lectura, estaba segura de ello. Di un pequeño sorbo a la bebida caliente que estaba dispuesta en mi mesa, y miré intrigada a mi compañera. Sonreí al verla tan ensimismada contemplando aquel sitio. Sin duda, la mejor cafetería de la ciudad.

—Creo… que me estabas hablando de tu abuela— Dijo ella mientras posaba de nuevo sus ojos marrón oscuro sobre mi. Yo suspiré, era cierto que mi abuela había muerto hacía ya mucho tiempo. Pero siempre le quedaron pequeñas partes de ella clavadas en su corazón. Y no quería olvidar. —Sí, es cierto… Tienes razón. Como te decía, mi abuela siempre me contaba ésta pequeña historia:

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Imperturbable

¡Hola de nuevo!

Hoy os traigo una idea interesante que se me ha ocurrido así, de la nada ¡Puff! Hace tiempo que de vez en cuando participo en distintos concursos de microrrelatos. Al ser pequeñísimos textos, normalmente escribo varios hasta dar con una versión que me guste. Lo que pretendo es, efectivamente, ir publicando de manera esporádica éstos mini textos que no fueron seleccionados, y añadir los que serían sus hermanos, para que hagáis una comparativa y hagamos un debate sobre posibles mejoras, cuál debería haber presentado,… Etc. Considero que puede ser beneficioso tanto para unos, como para otros, y enriquecerse nunca está de más ¿No?

Sin más dilación, os traigo los bosquejos que hice para un concurso de microrrelatos con la temática de San Valentín. En concreto, tenían que ser 40 palabras máximo, y había que hablar sobre el amor sin mencionar las palabras tabú: Amor, querer, besar, corazón y TODOS sus derivados. Además, os indico de antemano, que el último de los relatos siempre será el que yo misma seleccioné y envié al concurso, y que por tanto, quedó descalificado.  A ver qué os parece 🙂

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En el vuelo de tu mirada se pierde la mía. Se ancla a ella y me mece, como si de un barco se tratara a la merced de las olas del mar. Vuela conmigo.

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El silencio es imperturbable en ésta habitación. Te escucho dormido, mientras observo la oscura esquina de nuestra habitación.

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En la imperturbable quietud de tu mirada vive la mía, enredada en los ligamentos de tu iris, te contemplo infinitamente, como si de un universo se tratara, y me pierdo por tus constelaciones interminables desprovistas de toda timidez.

Libertades

Caminaba con paso lento por las calles abotargadas de personas. Se sentía pesada, hinchada, oprimida. Cuanto más rápido caminaba, más pesado se hacía su cuerpo. Las personas pasaban veloces por su lado, con sus prisas y sus preocupaciones mundanales, que solamente a ellos mismos les importaban.

Sentía el pecho tan oprimido que hasta la faringe estaba casi obstruida. Ya le quedaba poco, a la vuelta de la esquina estaba el portal de su casa. Sólo necesitaba aguantar un poco más, un poco más…

Aguantó la respiración, cogió las llaves, se dirigió corriendo hacia la puerta marrón, pasando por el paso de peatones a punto de ponerse el semáforo en rojo y esquivando a los guiris de turno. Metió el trozo de hierro por el agujero de la puerta vieja del portal y giró. Tras entrar, encender la luz y volver a empujar la puerta para cerrarla, la calma volvió a su cuerpo. Una pesada bola subió por todo el esófago hasta llegar a su garganta. Y allí, en su boca, como una bomba atómica,  explotó. Un sonido gutural apareció un segundo en el rellano de su piso y como un relámpago desapareció. Era, sin duda, un eructo.

Blond + Fallo del concurso literario de San Valentín

La habitación permanecía en una quietud casi venenosa. Montones de folios yacían apilados junto a unas máquinas indescifrables de color blanco. Al fondo, pegado a la pared, había un cartel de color blanco con unas cantidades sin demasiados detalles: Precio por fax, 0,05 céntimos. 25 fax, 1 €. Precio por fotocopia, 0,05 céntimos. 125 fotocopias, 5 €. Precio por fotocopia en color, 0,15 céntimos. 50 fotocopias a color, 7 €. Las paredes eran de un color blanco sucio, y la habitación era tan cuadrada que casi asfixiaba. Todo permanecía apagado. En la calle, el sonido del tráfico comenzaba a acrecentarse, la ciudad empezaba a despertarse y las farolas nocturnas se apagaban automáticamente. Una joven con gafas y pelo largo recogido en una trenza se posó frente a la puerta de cristal de aquel habitáculo, con los marcos llenos de pegatinas de cerrajeros. Con una mano rebuscaba las llaves en un bolsillo de su chaqueta. Con la otra sostenía un café de alguna cadena de cafeterías para llevar. Cuando por fin encontró aquel amasijo de acero, abrió la puerta, y de una manera mecánica y rutinaria, encendió los fluorescentes, seguidamente enchufó las fotocopiadoras y los faxes, puso los folios en los cajones correspondientes de las máquinas y finalmente, encendió la radio, en la cual sonaba lo último de Coldplay. Aún era temprano, y no vendrían los primeros estudiantes con apuntes que imprimir hasta pasadas las diez de la mañana. Pero, para sorpresa de la chica, un hombre con gabardina negra y bufanda roja apareció en el lugar. No había oído siquiera el ruido de la puerta al abrirse, pero el cliente estaba allí, así que rápidamente ella le preguntó con amabilidad: Buenos días, ¿En qué le puedo ayudar? Sigue leyendo “Blond + Fallo del concurso literario de San Valentín”

Acongojada

Sabía que el cielo de ese día no era el mismo de siempre, ni las horas que pasaban una tras otra en reloj, ni las palomas, ni la calle. Las había perdido. Y aunque sabía que sólo era depresión, que su corazón estaba hecho guijarros, no podía dejar de ver su propio espectáculo. Horrible y aterrador, angustioso y oscuro. El acongojamiento.

Noade nunca se había sentido de tal manera. Quizás porque en el fondo sabía que la inmensa tristeza nunca había conseguido atraparla del todo y vencerla. Pero ahora que estaba derrotada, tirada en el suelo húmedo y frío,  ahora que sentía las huesudas manos de la debilidad, del decaimiento voluptuoso, se había dado cuenta de cuán equivocada que estaba. Ningún dolor de desamor era comparable, ni el de la pérdida de ningún familiar, ni el del bullying escolar, nada podía compararse.

Y ella sólo se decía: “Basta, basta… Ya no más”. La muerte con sus huesudas manos le tentaba hacia el abrazo, un abrazo eterno y sin compasión, que le librara de todo aquello. Pero el miedo a lo desconocido la refrenaba.

Una lágrima escapó de la esquina de sus ojos. Una lágrima que nunca volverá.