Celeridad

Cada mañana, sobre las siete de la mañana, en el vagón séptimo del metro de la línea amarilla, sube aquel señor con boina y barba espesa y canosa. Se sienta pesadamente en uno de los duros asientos, y apoya su bastón a un lado.

Miraba tres veces a su alrededor, y tras eso, su rostro redondeado comenzaba a apagarse un tanto, su miraba bajaba, y descansaba. Quizás de la monotonía de su vida, quizás de la celeridad con la que corre la vida. Descansaba y disfrutaba de aquel momento sin más, saboreando los segundos, disfrutando de la lentitud de la vía.

Y con cada parada sus ojos despertaban, quizás temiendo haber llegado a su destino, quizás preocupado por el trayecto continuo.

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