El hombre de la luz de la calle

Removí el té con cierto pesar. La música sonaba lentamente en la cafetería, y el vapor de la infusión me llenaba las fosas nasales. El ambiente, a pesar de estar abarrotado de gente, era silencioso. Aquel lugar era ideal. Con sus ventanales, sus estanterías llenas de libros, y aquel olor a tarta recién hecha. Aquel lugar nació a raíz de alguien que amaba la lectura, estaba segura de ello. Di un pequeño sorbo a la bebida caliente que estaba dispuesta en mi mesa, y miré intrigada a mi compañera. Sonreí al verla tan ensimismada contemplando aquel sitio. Sin duda, la mejor cafetería de la ciudad.

—Creo… que me estabas hablando de tu abuela— Dijo ella mientras posaba de nuevo sus ojos marrón oscuro sobre mi. Yo suspiré, era cierto que mi abuela había muerto hacía ya mucho tiempo. Pero siempre le quedaron pequeñas partes de ella clavadas en su corazón. Y no quería olvidar. —Sí, es cierto… Tienes razón. Como te decía, mi abuela siempre me contaba ésta pequeña historia:

—¿Alguna vez te has parado a pensar en quién enciende las luces de la calle, Lylia?— Me decía ella mientras me llevaba a pasear al parque en frente de mi casa. Yo con apenas cuatro años, me preguntaba por todo, y la curiosidad siempre me podía. Así que siempre le negaba con la cabeza, sin interrumpirla, para que me siguiera contando.
—La verdad es que yo sí que conocí a aquel hombre, Lylia, al hombre que encendía y apagaba las luces. Por supuesto, hace mucho tiempo de ésto, y él ya no está con nosotros. —Mi abuela llegado a éste momento siempre se paraba, como para saborear sus propios recuerdos. Yo la escuchaba expectante. —Era un señor un tanto achaparrado, y siempre se quedaba mirando la primera farola antes de comenzar con la labor. Quizás para contemplar la belleza escondida una vez más. Entonces suspiraba, se sacudía un poco la camisa de cuadros y los pantalones del mono azul, y sacaba una escalera de su bolsillo izquierdo del pantalón.
—¡Pero, abuela! ¿Cómo puede sacar una escalera de su bolsillo? ¡Eso es imposible! El zumito ni siquiera entra en el mío…
—Y eso es lo que yo me preguntaba siempre que me iba a la cama. Pero créeme, Lylia, con mis dos ojos vi cómo la sacaba más de una vez —Y ella me señalaba sus ojos, como recalcando que no era mentira. Me sonreía entonces, me colocaba su mano fría y huesuda sobre la coronilla y me plantaba un beso allí. Ella proseguía:
—Yo en ese tiempo era muy jovencita, unos diez años mayor que tú Lylia, pero a pesar de ello, yo aquel hombre lo consideraba un mago, me hizo seguir creyendo en la magia siempre. Él subía por aquellas escaleras que sacaba de su bolsillo, acariciaba un poco la lámpara de la farola y… ¡Paff! Poco a poco, iba cogiendo un color amarillo cálido y resplandeciente. Y así, con todas las farolas de la ciudad.
—¿No se cansaba abuelita? Papá y mamá siempre dicen que están cansados. —Mi abuela me miró con una sonrisa tiera. A lo que ella me contestó:
—Sí que le resultaba duro y yo también se lo preguntaba, pero un día me contestó: Por muy duro que sea, pero por cada farola que enciendo, es una sombra menos en el corazón de las personas… Y eso es el mayor regalo para el mundo entero.

Mi abuela, una vez finalizada la historia siempre me repetía: Qué pena que ya nadie encienda las farolas…

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