Los señores calvos de mi oficina

No hace mucho y con cierta sonrisa, recuerdo, un pequeño sueño producido por una siesta demasiado larga quizás. Era una tarde de esas de invierno en la que mi piso estaba demasiado frío y demasiado solitario, después de una comida algo silenciosa. Decidí que era necesario reponer fuerzas con una merecida siesta en mi cama.

Eran días de mucho trasiego en la oficina, y los montones de folios se acumulaban en el escritorio, preparados para una acción que nunca llegaba. Creo recordar que me quedé dormida pensando en aquellos montones de hojas, con cierta ansiedad de saber que tenía que hacer algo con ellos. Mi subconsciente se aprovechó de éso.

Digamos que yo acabé y no sé cómo, de nuevo, en las oficinas de mi trabajo. A rebosar de gente, a pesar de ser fin de semana. Mis pasos me condujeron hasta mi monótono escritorio, repleto, cómo no, de hojas de papel. Un suspiro cansino me sobrevino y me senté pesadamente sobre la silla. Encendí el ordenador para mirar la bandeja de correo de turno. Pero sólo un correo llegó. Curiosamente era mi jefe, que me llamaba a su despacho en cinco minutos. 

Una mirada rápida al reloj, un vistazo más al ordenador y me volví a levantar con un nuevo suspiro de la silla para dirigirme hasta su despacho. Mi jefe siempre me imponía, más que por su altura (que también era considerable) por aquella mirada que tenía, una mirada que te subyugaba (y no os penséis que de una manera atractiva y seductora, no), una mirada concienzuda de que tú estabas aún (y a pesar de haber ascendido) en el eslabón débil de la cadena.

Decidida, pasé por entre varios escritorios sin recabar en lo que sucedía a mi alrededor. Lo que se estaba fraguando era demasiado para mi subsconciente, pero eso lo dejaremos de momento de lado.

El caso es que piqué la puerta de madera falsa, como siempre hacía, antes de entrar, y al asomarme por la rendija, un pequeño sobresalto me sobrevino. Dentro del despacho, al fondo y en la esquina, una persona vestida como mi jefe, que no era mi jefe, me miraba, soprendido.

—¿Ocurre algo, Estíbaliz? —Dijo, eran sus frases, desde luego, pero no su voz. De repente, había pasado de tener una voz pastosa y poco audible, a tener una voz más aguda y nasal. Sus ojos habían pasado de ser oscuros a un gris indeterminado. Su calvicie permanecía, pero unas gafas ocupaban parte de la cara ahora. Yo sabía quién era mi jefe. Él sin embargo, seguramente no conociera su propia existencia.

—No… nada… —Contesté yo. Me giré rápidamente y cerré la puerta. Me quedé absorta mirando el panel publicitario de la empresa que tenía en frente. Era Nacho, también conocido por su pseudónimo: Vanfunfun. Mi jefe ya no era mi jefe, sino un youtuber con cierta fama. Un pequeño pálpito se impuso dentro de mí.

Decidí que debería volver a mi puesto durante algún rato y que todo volvería a la normalidad, seguramente. O eso pensaba. Recorrí la estancia con pequeños pasos, y al fijarme detenidamente, la estancia estaba sobrecargada de gente, demasiado. Pero lo más curioso, es que todos eran calvos, y aunque estaban vestidos de diiferentes maneras, pero todos eran Vanfunfun. Todos estaban calvos, y todos me estaban mirando.

Yo eché a correr.

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