Refresco de naranja

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Eggs and orange juice, by losthigh

La mañana se presentaba lluviosa, y si ya de por si los lunes mañaneros no se presentaba casi nadie en el parque, hoy no se vería un alma, quizás algún turista chino demasiado atrevido y acostumbrado al clima.

Elías suspiró sentado desde su cama. Odiaba los lunes, y por consiguiente, odiaba todo lo que provenía de ellos. Fue hasta su cómoda gris y sacó de uno de sus cajones unos vaqueros oscuros, algo humedecidos por el tiempo, una camiseta negra y una camisa de pana a cuadros.

Aspiró el perfume del suavizante de la ropa y se dispuso a colocársela. Se sentía cansado del domingo, y solo esperaba la llegada del miércoles para por fin descansar. Trabajar los fines de semana le suponía un mundo, pero era cuando más clientela había en el puesto de refrescos, toda la gente se agolpaba antes de entrar en el parque del laberinto, y por mucho que Elías se esforzara en organizar la cola, era imposible.

Por eso, a pesar de todo, agradecía un día de lluvia, un día en el que sólo pudiera estar él, su puesto de refrescos, y la naturaleza. Odiaba los lunes, pero no los odiaba por ser como tales, sino por lo que siempre sucedía en ellos. Y es que en los lunes siempre habían surgido las malas noticias. Como cuando Amiel le dejó para irse al extranjero y así poder conseguir sus sueños, dejándolo atrás. Como cuando su hermana Fátima tuvo aquel fatídico accidente de coche del cual ya está recuperada. Lunes era cuando su gato Agua  murió de cáncer…

Elías caminaba por la acera de la universidad, que estaba junto al parque. Con su pequeño paraguas azul en mano, que apenas le cubría nada y le goteaba a veces porque era de mala calidad.

Al llegar a la puerta metálica saludó a Manuel, que estaba abriendo la verja que conducía al laberinto. Se dedicó una última sonrisa para sí y abrió el candado del puesto de refrescos. Se colocó el delantal y comenzó a disponer las mesas y sillas de aluminio en el pequeño espacio.

No se dio cuenta de que había alguien justo en la puerta del parque observándolo, no hasta que se giró para volver al puesto de refrescos mientras se apartaba el flequillo. Amiel sonrió.

 

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