Té con miel

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Miraba la taza humeante de té con miel. Le encantaba el sabor fuerte del té negro, endulzado con una abundante cucharada de miel, que si bien mataba todo su amargor, él lo prefería así. Se sentía observado por unos ojos felinos, cargados con una respiración pesada, fruto de algún resfriado mal curado o similar. Era una mañana de viernes, como otra cualquiera. O eso pensaba él, hasta que se dio cuenta de que el viernes había pasado sin pena ni gloria por su existencia. No se había quedado con él, se había marchado apresuradamente mientras no miraba. Mientras no se daba cuenta. Sí, maldita sea, era sábado, y él seguía ahí aletargado, muerto, preservado como una rosa deshidratada, tan irreal y tan muerta como él.

Por el altavoz del portátil se distinguía una leve música de sonido triste, no dejaba mella en ningún sitio. Simplemente sonaba. Él mientras pensaba en esa chica del metro que siempre veía en la parada, apoyada en la pared leyendo infinidad de libros, desde cuentos sufíes, hasta novelas juveniles. Ella, sin pretenderlo, sí había hecho mella, con sus gafas de pasta negras y grandes, su pelo castaño recogido y ojos siempre tristes.

Pero ella siempre era temporal, como aquel viernes. Cuando volvía a alzar la mirada para observarla, ella ya no estaba, se esfumaba como los recuerdos ligeros de un fugaz viernes.

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2 comentarios sobre “Té con miel

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