Bufanda roja

Caminaba distante y algo distraído. Y por qué no decirlo, también un poco agitado. El pasillo del metro se hacía angustioso con cada paso suyo, y cada uno estaba enmarcado  por ecos solitarios que sonaban como el fondo silencioso de una sinfonía. Se agitaba su bufanda roja con cada pisada que daba, como si de una hoja otoñal se tratase, acariciada por un gentil viento. Y miraba sin mirar, apenas contemplaba aquel hábitat con micro clima, a veces cargado de calor, a veces con corrientes de aire frío. Miraba con unos ojos negros abismales, perdidos, oscuros como una habitación cerrada a cal y canto.

Cada vez que le veía pasar, con su chaqueta larga negra y su bufanda roja, ella siempre se preguntaba por aquello que él pensaba, que imaginaba, que contemplaba. Como si se tratase de un enigma con un gran premio de lotería detrás. Todos los días, ella intentaba coincidir su hora de salida de trabajar para poder cruzarse con su bufanda roja, y hablarle con miradas tímidas, con sus ojos tristes, y decirle cuánto le quería.

Pero él siempre llevaba en la mano un libro, el cual nunca leía. 20 poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda. Mas nunca leía aquellos poemas. Y no miraba, nunca miraba.

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