Viscosidades

La hora punta del metro se acercaba vertiginosamente con cada segundo del reloj, cosa que desde luego el músico que tocaba siempre en aquella estación de metro esperaba ansiosamente. Tocaba sentado, con la guitarra apoyada sobre sus piernas, en una constante melodía pausada que desafiaba al segundero que habitaba en la ciudad. Fue entonces cuando pasó un muchacho a toda velocidad, sin pararse siquiera un segundo en escuchar una melodía de aquella guitarra. Avanzaba con paso ligero, bajaba las escaleras de dos en dos, y cogía aire a bocanadas. Aun así, no consiguió llegar al andén a tiempo, por lo que perdió aquel tren que le haría llegar a tiempo a su trabajo. Se sentó en el banco frío de madera y esperó. Para su sorpresa, justo al lado, había una pequeña bola gelatinosa que al mismo tiempo parecía ser de terciopelo. Nunca cogía nada de lo que estaba tirado por los andenes o el mismo metro, pues no era suyo y seguramente alguien lo estuviera buscando, pero ese día hizo una excepción. Cogió la blanda esfera y se la puso en el centro de la palma. Estuvo un rato observándola hasta que, sin darse cuenta, el metro paró en la estación. Entonces la colocó en su bolsillo, giró la manivela de la puerta y entró. Había miradas enfrascadas en libros y móviles. Otras en cambio, divagaban mirando por todo el vagón. Un suspiro sobrevoló desde una esquina y el muchacho sintió que su bolsillo cada vez pesaba más. De repente el mundo entero se sumió en un escalofrío, pensamientos pesimistas brotaban de todos los sitios, como humo de tabaco. Ascendía y se quedaba arriba, pegado en el techo. Una masa viscosa comenzaba a gotear del bolsillo del muchacho sin que éste se diera cuenta, pues miraba sin mirar el infinito, y su mirada iba más allá del vagón de metro, más allá del túnel, más allá del cemento. Poco a poco el cansancio de la estación que no llegaba, las miradas turbias, los suspiros contenidos abotargaban el pequeñísimo espacio. El suelo ya estaba completamente encharcado y pegajoso. Pero nadie se daba cuenta, nadie miraba, nadie observaba. La masa evolucionaba a pasos agigantados. Pronto estuvo por las rodillas de los pasajeros, se agazapó por las espaldas y nucas y empujaba, cada vez con más fuerza, hacia los laterales. Poco a poco el aire se espesaba, el oxígeno quedaba ahogado, y las personas pegadas a las ventanas, a los asientos, a las puertas. La masa viscosa engulló todo y para cuando llegó el metro finalmente a la siguiente estación, ya no era un tren de metro.

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