Two Hands

La mansión era tan blanca que incluso en la mismísima oscuridad, brillaba. Una fiesta de gala acontecía y hacía estremecer el lugar. Aunque sin lugar a dudas parecía ser divertida, a mi no hacía más que aburrirme y desesperarme. Al fondo de la habitación, mi marido (un tipo frío como el mármol, con sombrero de copa y chaqué) charlaba con los de su clase sin ninguna preocupación. Era un día especial para todo el mundo, después de todo. Sentada en un sillón de color marrón, observaba a la multitud divertirse.

—Eres preciosa, ¿Lo sabías? —Dijo una voz masculina justo a mis espalda, para después asomarse por detrás de mi hombro derecho.
—Gracias. —Dije yo algo fría. Sinceramente, no me apetecía hablar, y menos con ese tipo, de cara redonda, ojos pequeños y pelo desordenado. El tipo, conmovido por mis palabras, optó por irse.

 Y entonces, alguien más apareció por detrás de la puerta. Su cabello rizado destacaba entre toda la multitud. Dio varios vistazos rápidos hasta fijarse en mí. Yo me ruboricé. Sabía quién era. Escondí un poco mi cara para ocultar mi rubor. Poco a poco iba sintiendo cómo la distancia se acortaba. Y cuando ya era inevitable el cruce de miradas, delicadamente sacó de detrás de su espalda una rosa, tan roja que inundaba toda la habitación de su color. Asombrada, ruborizada y sin palabras, le mostraba una imagen de mi algo desastrosa, quizás. Él sólo se limitó a sonreír. Alargué mi brazo y cogí aquella flor, posicionándola al lado de mis labios.

—Hace juego con tus labios. —Dijo su voz masculina y dulce. Yo sólo supe asentir para ofrecerle mi gratitud y una tonta sonrisa. Y desapareció entre la multitud.

La velada por fin terminó y era hora de marchar. Mientras todo el mundo se iba marchando ya, yo también decidí marcharme. Pero alguien me cogió de la mano y tiró de mi, cuando supe quien era, estaba bajando a toda velocidad por las escaleras. Su perfil mostraba una serenidad impecable. En mi mano derecha llevaba aquella rosa deslumbrante, que al bajar a toda velocidad por las escaleras y sin poderlo evitar, debido a un choque de mi mano con un individuo cayó la preciosa rosa al fondo de la escalera de caracol por el hueco. Él paró un momento, únicamente para decirme: No importa, ella te tenía envidia porque tú eclipsas aún más que ella. —Noté como el rubor se extendía por toda mi cara y una tímida sonrisa apareció en mis labios.

Llegamos por fin al jardín de aquella mansión, y nos perdimos entre los setos y los árboles, en dirección a la salida. Todo era casi laberíntico. Empezamos a contar chismes sobre la velada, aún cogidos de la mano cada vez me sentía más tranquila y apenas recordaba que había dejado a mi marido atrás, llegando incluso a no importarme. Al vislumbrar la salida, él en un movimiento rápido abrazó mis delgados hombros. Sus rizos acariciaban mi mejilla al apoyar su cabeza sobre ellos. Una felicidad mezclada con sabores de tristeza se apoderó de repente sobre mi. Quizás pasó demasiado tiempo mientras permanecíamos así, que era más de media noche.

Podíamos ver la calle y ya no había nadie por aquel lugar. Un terrible temor se apoderó de mi. La muerte estaba tras de mi y nada la iba a impedir. Y por alguna razón el también lo sabía. Observó mi cara de preocupación y melancolía para reflejarla en su magnífico rostro y con un gesto seguro, corrimos mientras ella me seguía, implacable.

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