Fiebre.

Esa sensación de estar como colocado, de que hasta las partículas de aire que te rozan te molestan. ¿Cuántas veces he deseado tener fiebre para no asistir a cierto exámen? Y ahora, quiero que se vaya, de inmediato.

Me tapo de nuevo con la manta hasta más allá del cogote, y sigo respirando el calor asfixiante que hay debajo de las camas. A pesar de que estoy cansado, las horas de la noche pasan y mi mente no consigue descansar. Siento que me hundo en la negrura de la cama, en una respiración jadeante que cada vez disminuye, para luego volver a aumentar. Debido a que mi nariz sigue taponada, el oxígeno pasa directamente por mi garganta, congelándome toda la faringe y acentuando el dolor de anginas.

Harto de estar así, me levanto de repente y enciendo la luz de la lamparilla. Me quedo observando el corcho que hay delante de la mesa de estudio, escrutando cada detalle de cada fotografía y objeto que se encuentra allí. Fotos de gente que añoro, regalos y entradas de cine que relatan momentos. Un pequeño escalofrío recorre mi piel al ver aquella fotografía de grupo y su pequeña sonrisa, desdibujada casi por la distancia.

Era cierto que la echaba de menos. Que echaba de menos cuando venía, tocaba mi cara y luego mi frente y me decía que tenía fiebre y que era mejor que me quedase en la cama en vez de ir a clase. Pero yo no quería faltar a clase, y mucho menos para saber que no la veré hasta más de después de comer.

Pero mi corazón puede ser algo maravilloso para la persona con la que estoy, o una verdadera tragedia.

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