Ventanas

Había momentos en los que Iris realmente perdía la cabeza. Momentos con auténticas hecatombes, tsunamis y huracanes. Durante esos días, ella prefería los días nublados, los días de frío, taparse con una manta, y no salir durante milenios.

Pero eran tormentos de ella misma que nadie jamás podría comprender. Dentro de su cabeza se decidía si darle la libertad al gladiador o si arrojarlo a los leones. Mientras, caía un aguacero de golosinas y terrones de azúcar, que si bien son dulces, también te pueden producir varios chichones.

Estaba demasiado agotada como para seguir escribiendo, incluso a veces sentía que estaba demasiado cansada de seguir existiendo. Ella prefería en ciertos momentos disolverse en la nada, desinflarse por el ombligo y hacerse invisible como las partículas de oxígeno. Pero sabía que no iba a suceder. Por tanto, prefirió seguir contemplando la fina lluvia por la ventana mientras intentaba leer un libro de caballeros a la antigua, con magos, dragones y reyes por doquier.

Pero la cruel batalla que se cernía en su cabeza seguía existiendo.

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