Cremalleras

Elisa estaba demasiado cansada de todo aquello. Miró hacia el espejo y lo único que veía era a una chiquilla con el pelo húmedo y enmarañado, tapada con una toalla de baño. Se miró las manos y dio un largo suspiro.  Pasó el dedo por los labios, un poco secos, un poco cortados. Sabía que necesitaba hablar, pero sus palabras estaban entrelazadas en cremalleras. No eran cualquier tipo de palabras. Eran aquellas palabras que sólo podía decir el corazón. Esas palabras que no tienen sonidos pero que sin embargo, a los ojos se les escapan.

Elisa volvió a dar otro largo suspiro. Se deshizo de esa presión que tenía en el pecho, se quitó ese peso de encima transportándolo con su aliento. Y una gran calma se abrió entonces dentro de ella, lenta y profunda. Fue tal, que cuando se quiso dar cuenta, al acariciar nuevamente sus labios, la cremallera se deshizo.

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