El vuelo de una mariposa

Tus silencios suenan como el aleteo de una mariposa. —Dijo él. Ella echó su melena larga, ondulada y castaña hacia atrás, levantó su mirada y esbozó una sonrisa. —¿De veras? —Dijo ella. Para Irene, era la primera vez que comparaban sus silencios con algo que no tuviera que ver con la angustia o la amargura. Eduardo asintió y giró su cabeza para mirar por la ventana. Quizás le daba vergüenza sentir aquello. —Pensaba que los silencios conllevaban secretos, pensamientos que luego se convertirían en mentiras, era algo que me desesperaba. Pero no lo entiendo, contigo todo es diferente, incluso tus silencios. —Eduardo entonces dirigió su mirada hacia aquellos ojos ambarinos. Unos ojos grandes, con unas pestañas largas, espesas y preciosas. Él sonrió. —No entiendo cómo puedes hacerme cambiar de parecer sobre todo lo que pienso. Ni siquiera cómo te puedo querer, pero lo cierto es que te quiero.

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