The Fallen Angel

Aunque el cielo debería ser un paraíso… En realidad es una compañía y los ángeles somos sus empleados… Aunque nadie sabe esto. Pero lo que nos acontece es que algunos Ángeles han bajado a la Tierra, algo también desconocido.

Era un día cualquiera de clase, yo cargaba con un montón de libros mientras mi pelo negro y largo me tapaba la cara y me impedía la visión. — Pesa…— Dije entre murmullos. La gente pasaba sin siquiera reparar un momento en ese bulto que era yo. Fue entonces cuando di un traspié, me dirigía sin remedio al suelo. — ¿Huh? ¡No!
Una mano apareció como de la nada, me agarró en plena caída y me salvó de comer las motas de polvo del suelo. Era él. — ¡Elías!
Elías es mi compañero de clase. Él y yo no nos habíamos separado desde que comencé el curso en este instituto. A decir verdad, yo ya conocía todo lo que había que saber de este mundo, pero debido a que aparentaba la edad de 15 años, debía asistir a clases hasta mi supuesta mayoría de edad. Elías no era nada del otro mundo, un chico corriente, alto y moreno. Sus ojos grises ya habían hipnotizado a alguna que otra chica del instituto, pero siempre había sido demasiado retraído, por lo que nunca había entablado conversación con ninguna de ellas.
— Clío ¿Te caes por las escaleras una vez al día? ¿Qué es ese gran montón de papeles y libros?
— Oh, los llevaba el profesor Viviano pero… ¡Es tan viejo que no pude resistir la tentación de ayudarle! — El profesor Viviano era nuestro profesor de historia. Estaba a punto de jubilarse, pero estoy segura de que si pudiese quedarse un poco más, lo haría. Era un hombre demasiado testarudo y calvo.
— Tiene más fuerza de la que aparenta, aunque sea viejo.
— Pero si alguien carga por ti con todos tus bultos pesados ¿No te haría feliz?
— Entonces… ¿Me dejas que los lleve yo? — Me extrañé ante la pregunta de Elías. Normalmente no es tan… Simpático. — ¿Huh?
Le dí los libros a Elías, éste me sonrió por un momento y me dijo: Te sientes feliz cuando alguien carga con las cosas pesadas por ti ¿no?
— ¡Gracias! —Dije con una mueca seguida de un mohín.

Los ángeles tienen unas alas demasiado débiles, así que no pueden volar durante mucho tiempo, por lo que somos más útiles en la tierra, y eso va por mí también.
— ¡Estoy en casa!
“BEEP, BEEP”. Un ruido ensordecedor llegó desde la habitación. Había un nuevo correo — Ah… ¡Es mi primer caso! El momento… hoy a las siete de la tarde, así que es pronto. El lugar… cerca, cerca.
Yo he sido asignada a la “sección de informes de defunción del Cielo”. Mi trabajo consiste en informar las defunciones de la gente.
— ¡Todo preparado! ¡Esta es la primera vez que puedo ponerme el uniforme!
Guío a las almas hasta el lugar donde pueden descansar en paz, ese es mi deber.
— ¡Daré lo mejor de mí! —Sólo me quedaba emprender hasta el lugar de mi misión. Agité mis alas y me dirigí hasta aquel lugar.
— ¿Qué será? ¿Un accidente? –Preguntó una señora que andaba por la zona y se había integrado en el corro de gente al ver tanta masa de pelo junta.
—  ¿Es un estudiante? Qué mala suerte… —Dijo otro hombre que también se había unido a ese montón de espectantes.
Había llegado hasta el lugar donde se hallaba aquella alma que necesitaba ser conducida, aterricé un poco para poder ver la cara de aquel joven, pero… ¡No! ¡No puede ser! ¡Es Elías! ¡Cómo es posible…! Está abriendo los ojos… ¡¿Eh?!
— ¡Que alguien llame a una ambulancia! –gritó alguien entre la multitud de gente. De pronto, me doy cuenta de que está consciente. Y… ¡No puede ser! ¿Se han cruzado nuestras miradas? Pero es imposible que la gente normal me vea. No pude aguantar más aquella situación, así que decidí marcharme de aquel lugar.

— ¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —Gritó el jefe después de un rato en silencio. — ¡Nadie menos tú ha perdido la oportunidad de traer un alma!
— Lo siento mucho jefe. —Dije disgustada y con la cabeza gacha.
— ¡Vuélvelo a repetir y serás despedida! Y una cosa más… Lo habrás oído miles de veces en tu entrenamiento, pero te lo repito… No llores durante el informe de defunción, nunca muestres tus lágrimas. — Dijo dando la vuelta a su silla giratoria.
— Respecto a eso… ¿Qué ocurrirá si lo hago? —Pregunté con cierta curiosidad. La verdad es que nos prohibían hacerlo, pero hasta ahora nunca me habían hablado del por qué. Se me hace muy confuso. Cirilo, mi jefe suspiró entonces. A pesar de aparentar ser un chico joven con tan solo 25 años, éste ya tenía 1500 años de vida. Era uno de los ángeles más prestigiosos de todo el Cielo. Pero nada comparado con El que está por encima.
—El ciclo de las almas se desordenaría. Es una ofensa de primera clase ¿Lo entiendes?
No lo llegué a comprender, pero era mejor dejar las cosas como estaban. Desde luego, no quería ganarme a pulso mi despido y con ello, perder mis alas. Pero… ¿Qué será el ciclo de las almas…?

Al día siguiente, en la escuela…

— Ey, Elías ¿Qué te ha pasado? —Preguntó una chica a aquel chico que tenía una escayola en el brazo y la frente llena de tiritas.
— Tuve un accidente ayer. — Dijo con un suspiro de cansancio. Elías ya estaba un poco harto de que todo el mundo le preguntara qué era lo que le había ocurrido.
— ¿En la cabeza, eh? Ten cuidado que no te vuelva a pasar. —Le dijo otro compañero señalando en dirección a sus tiritas.
— …Gracias… Por decirme algo tan “reconfortante”. — Dijo con tono cortante. Yo mientras tanto recogía mis cosas para la vuelta a casa. No puedo llevármelo… Es mi amigo, el único que me ha entendido desde que estoy aquí. ¿Qué puedo hacer…? Suspiré nuevamente
— ¿No te vas a casa? — Me preguntó Elías. Yo di un bote, pero sonreí rápidamente para disimular mi sorpresa. — Hummm…. Clío… Durante todo el día parecía que ibas a llorar cada vez que te miraba, ¿Verdad? — Elías suspiró — Así que ¿Es culpa mía, no? —Dijo ocultando su rostro.
— ¿Huh? ¡No, no es eso! — Eso me ha pillado desprevenida. La cara de Elías lo dice todo…
— ¿Puedo responsabilizarme de las consecuencias?

Los dos fuimos a una playa cerca de nuestra escuela… Nuestra ciudad era desde su origen un pueblo pesquero que debido al turismo fue creciendo. Era por la tarde y el sol casi se estaba poniendo. Yo aún no había tenido oportunidad de estar mucho en la playa desde mi mudanza.
— ¡Wow! ¡Es precioso…! —Dije yo emocionada. Elías me miró a los ojos, para después contemplar aquel hermoso atardecer.
— Es mi lugar secreto. — Dijo con una sonrisa.
— ¿En serio?
— ¡Claro que no! Este sitio se ve mucho… ¿No ves que es un muelle al lado de la carretera?
— Pero es la primera vez que vengo con alguien… — Dije yo un poco mosqueada. Elías sin embargo bajó la cabeza.
— Ey, hummm…
— ¡Ah! —Sentí un mareo de repente, todo empezó a darme vueltas. Mis pies en un intento de tumbarme un poco me hicieron caer del muelle al mar.
— ¿Huh? ¡¡Clío!! ¡¿Qué haces?! —Elías se lanzó al mar también — ¡Pero bueno! ¡La gente no se tira al mar así porque sí! —Dijo entre risas y salpicándome un poco. Toda su ropa ahora estaba tan mojada como la mía.
— ¡Estaba mirando la puesta de sol y me he mareado! —Dije entonces con un mohín. Elías me miró por un momento.
— ¿Puedes llegar al fondo? —Dijo Elías entonces. Lo cierto es que yo no era una chica que midiera 1’80, apenas llegaba al 1’60 y eso ya era mucho para mí.
—No, no puedo, creo…, aunque pudiera me costaría mantenerme… La corriente parece que es un poco fuerte.
—Muy bien, entonces sube. —Elías entonces me agarró de la cintura y me aupó, intentando llevarme nuevamente al muelle. Debido a la sorpresa lancé un pequeño grito, pero pronto quedó ahogado al notar su calor… Un silencio aplastante entonces nos consumió por unos segundos. Él también subió al muelle y suspiró.
— ¿Cómo es que estabas allí?
— ¿Eh…? — ¿Habla del accidente? ¿O es que me pudo ver? Cuando su alma estuvo a punto de abandonar su cuerpo… es posible que pudiera verme en mi estado de ángel. Elías no respondió, y otro silencio se hizo hueco entre nosotros durante unos segundos.
— Clío.
— ¿Qué ocurre? —Dije preocupada. La cara de Elías había cambiado totalmente.
— Tus pechos están sobre mi hombro. — Dijo señalándolo y con una mueca. Me sonrojé por un momento mientras sonreía y le daba algunos golpes flojos con la palma. Me quedé mirándolo: ¿Qué? ¡Bajame! Argh
— ¡No me pegues! — Dijo riendo mientras me llenaba de cosquillas.

Al llegar a casa…

— La próxima vez que vayamos al mar, vayamos a la playa en lugar de ir a un muelle, no pasara nada si te caes, como mucho te toparás con la arena. — Dijo Elías con cierto tono de sarcasmo.
— No me caeré… — Dije yo con cierta resignación.
— Te veo mañana. — Se despidió Elías.
De alguna forma… Me siento feliz… Elías parece totalmente curado. Quizás… el pueda escapar de la muerte. Aunque no sé si eso será del todo bueno para mi trabajo…

¡”BEEP BEEP!” Se escuchó de repenté en el ordenador. Di un respingo y salí del trance de pensamientos en el que me hallaba. Me puse el auricular y contesté.
— Si, soy yo ¿Cómo van las cosas después de aquello? — Preguntó Cirilo.
— Si, hummm… tengo una pregunta. — Dije yo con cierto tono nervioso.
— ¿Qué es? — Entonces, hubo un momento de silencio. Un momento que llegó a ser incluso aplastante.
— Por ejemplo, si el informe de defunción no se hace ¿Qué ocurrirá? ¿Se librará esa persona de morir?
— Parece que se te olvida algo, no podemos decidir quién vive o quién muere. La gente muere hagas el informe o no, tan solo le puedes dar un poco más de tiempo.
— Entonces, ¡¿Para que existimos?!
— Para recibir las almas que abandonan la tierra y darles paz, sólo eso. En otras palabras, si el informe de defunción no se hace por el ángel… La existencia del alma no tiene sentido y vaga eternamente por el mundo terrenal.

Al día siguiente en clase…

— ¡¿En serio?! — Dijo una chica de clase. — ¡De verdad! ¡En serio, fue como un gran BUM! — Dijo otra del mismo grupo.
— He oído que Elias se colpasó y que se desmayó, lo llevaron a la enfermería. — Dijo una voz femenina preocupada.
Algo en mí se derrumbó de repente e hizo que mirara a todos sitios. ¿Elías estaba en la enfermería? Me levanté rápidamente del sitio y miré el reloj. Perfecto, quedaban 5 minutos para que llegara el profesor, y con un poco de suerte, algo más. Salí de clase tan rápido como pude y me dirigí hacia la enfermería del instituto. Ni siquiera daba tiempo a respirar, no lo necesitaba.
Al abrir la puerta de la enfermería no pude evitar apoyarme en el marco para descansar.
— ¿Estás bien? — Dije jadeante y nerviosa.
— Estoy bien, no hay de qué preocuparse. — Dijo Elías con voz apagada y casi sin mirarme. Su aspecto no era de lo más favorable. Era tan blancuzo como el de la pared de la enfermería.
— Vale… — Dije aderezado con un suspiro. No podía evitar sentirme mal al verle de aquel modo.
— Tengo que esperar a que el doctor vuelva, y tú deberías de estar en clase antes de que el profesor se te eche encima. — Dijo Elías con tono cortante. A pesar de su estado, seguía tan testarudo como siempre. Hice un mohín, me acerqué lentamente hasta la camilla a lo que él se giró hacia el otro lado para que no le viera la cara. Ante aquel gesto, decidí irme. Salí de aquella habitación y volví a clase para recoger mis cosas y largarme a casa.

El informe de defunción es nuestra única razón de existencia…Clío… no podemos hacer otra cosa… — Dijo Cirilo. — Hay un caso para ti. Tienes que volver a por el chico del otro día ¿Lo entiendes? Elías Prieto está muriendo, tienes que ir y que esta vez no se te escape. Si lo haces… Ya sabes lo que ocurrirá, ¿Verdad? Y no nos gustaría perderte en nuestra compañía Clío. Siempre has sido buena estudiante.
— Sí…
No necesito un motivo para mi existencia, necesito… que alguien me dé fuerzas…, de donde sea…

Elías de repente se desplomó en el suelo, justo llegué en ese momento tras correr incansablemente de vuelta a la escuela. Estaba tendido en el suelo y el tiempo se había parado. Me abalancé sobre él.
— ¡Elías! Elías… — Dije yo intentando aguantar un pequeño sollozo.
— Aquella vez perdiste la oportunidad de llevarme ¿verdad? Esta vez… Lo harás… Me llevaras… ¿Verdad?
— …No… ¡No te irás!… No desaparezcas… — ¿Qué podía hacer? La persona que realmente me importaba estaba a punto de marcharse, ¡Y yo me la iba a llevar conmigo hasta el Cielo! No volvería a verle nunca… Una pequeña lágrima brotó de entre mis ojos, caliente, húmeda y salada y cayó estrellándose en la frente de Elías. Entonces, un gran estruendo cayó como del cielo, poco a poco mis alas se iban deshaciendo mientras un intenso dolor recorría mi espalda. Pero no grité. Mientras desaparecía, observé aquel montón de plumas que cubría a Elías. En ese mismo momento supe que él sobreviviría.
— ¡Clío! — Gritó Elías con todas sus fuerzas.
— ¡No te vayas…! ¡No desaparezcas! Te doy mi vida… — Dije yo con los resquicios de voz que me quedaban.

FIN

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