Cartas desde la luna. Parte I

Prólogo

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente a buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña… muy extraña: los ojos de una mujer.

Tal vez sería un rayo del sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen esmeraldas…; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable; el de encontrar una persona con unos ojos como aquéllos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.”

Los ojos verdes, Gustavo Adolfo Bécquer.

Me llamo Aitor y esta historia comenzó mi primer día universitario. Todos los alumnos primerizos en aquel mundo estaban nerviosos por aquel día y ese gran salto. Sin embargo, yo parecía impasible. Es cierto que mi carácter posea además de esta frialdad una extremada timidez. Algo muy curioso para muchos.

Debido a esta timidez no tengo apenas amigos, pero eso no es lo importante. Lo importante es que éstos sean sinceros. Y creo que no he escogido mal después de todo.

Es mi primer día en la facultad. A pesar de que mi hobbie es la informática, voy a estudiar la carrera de filosofía. Desde siempre me había gustado reflexionar sobre todo lo que hay en este mundo, y algunos filósofos como Ortega y Gasset me habían calado muy hondo en bachillerato. Además, dicen que en esa facultad entran todos los que no están demasiado cuerdos o intentos de curas fallidos. Bien, pues creo que soy uno de ellos, y no me refiero precisamente a los curas.

Quizás, en el centro de mi universo se juntaran algunas constelaciones para dar lugar a una chica de pelo anaranjado, algo bajita, nariz chata y ojos grandes y pardos, la cual me encontré aquel día ajetreado, lleno de nervios por doquier. Ella estaba sentada en un escalón de aquella escalera central del edificio. Sus ojos miraban a todos lados, enrojecidos, seguramente de haber pasado largos minutos llorando…

*******

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Romance de la luna, Federico García Lorca

Me llamo Paula y tengo 18 años. Mi vida siempre había sido una vida más, como cualquier otra, para mi gusto. No me considero alguien tan interesante o con suficiente capacidad para estudiar pero había conseguido llegar a la universidad. No estaba mal después de todo.

Mis padres dicen que aún parezco una niña por mi energía. Quizás sea un poco hiperactiva, pero creo que después de todo no es tan malo. Ser niña de vez en cuando hace que no te olvides de cómo sonreír por cualquier tontería.

Sí, todo era normal hasta que llegué a la universidad. Todo ha cambiado en mi vida. Hasta mis amigas han cambiado… Ahora, ahora no sé si arrepentirme de éste paso que he dado.

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