Tormentas

Una luz iluminó de pronto la habitación, y a los cinco segundos, se escuchó un estruendo ensordecedor. Afuera, la tormenta inundaba el jardín y empañaba las ventanas. Este tipo de tiempo no me suele gustar en absoluto, las personas no salen apenas de sus casas, y aún menos van a lugares apartados… Suspiré, y me esperancé en que hubiera alguna prostituta bajo la lluvia para poder saciar mi sed.


Salí de la mansión, desganado por la amargura de tantos años, por la rutina de ser lo que soy. Sí, soy un vampiro. Vivía entre los humanos, ocultándome entre apariencias de riqueza y poder, pero sin nada que me llenara, sin nada por lo que vivir. Y es que no sé cómo acabar con esta atormentada vida, si únicamente me puede matar otro de mi misma especie cuya identidad no conozco, o bien un licántropo, que también desconozco.
Caminé vagamente por la carretera que conducía al pueblo, bajo la lluvia, todo estaba muy solitario… A lo lejos, la oscuridad se teñía con luces tenues que provenían de la ciudad. Nada, ni una mísera alma de la cual saciarme, ni siquiera una sucia rata para calmar algo de mi apetito…
Pero escuché a lo lejos un carruaje que se acercaba, fue entonces cuando sonreí, aunque no debería, soy un ser demasiado repugnante… matando a mi antigua misma especie…
El carruaje se acercaba poco a poco hasta mi posición, lo esperaba con impaciencia, se escuchaba cada vez más el sonido de los cascos del caballo, las ruedas girar despacio, el conductor agitar el látigo… Seguramente el barro les impedía seguir adelante más deprisa.
En cuanto pude distinguir la sombra, me acerqué de forma rápida, limpia y sigilosa, rompí un eje de la rueda, y en cuanto el cochero se giró, lo agarré por el cuello y bebí, su líquido dulce bajaba por mi garganta, saciándome, sintiendo alivio, y al mismo tiempo dolor. Terminado el trabajo con el cochero, una voz joven y femenina preguntó qué sucedía con el carruaje, asomó la cabeza y pude ver su rostro…
Quedé petrificado al verle a ella, tan hermosa, como siempre había sido, con sus mejillas sonrosadas, sus labios carnosos, sus ojos verdes, y su pelo castaño muy claro… El pelo le caía sobre la cara, ondulado y domado. Yo… aún llevaba restos de sangre en los labios.
Anaís era la única que había amado, me convertí en lo que soy por ella… pero ahora, me miraba de una manera que aborrecía, me miraba con miedo, mucho miedo…
Mis instintos me cegaron, me acerqué hasta su rostro, acaricié sus mejillas ahora más pálidas, miré sus ojos profundos… No pude contenerme, la besé, pero ella no se resistió, seguramente por miedo… Y mientras la besaba, la garganta me ardía cada vez más y más, los instintos de vampiro me gritaban, todo fue confuso en ese momento, bajé hasta su gargantilla con mis labios, la arranqué con mis dientes, y clavé mis colmillos en su precioso cuello, ella gimió de dolor…
Anaís, lo siento…
Anaís…

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