Herramientas para escritores: Narradores

Tan importante es conocer el tema que queremos narrar, como el punto de vista desde el que se narra. La elección del narrador no sólo delimitará el punto de vista desde el cual se enfoca el relato, sino que también influirá decisivamente en aspectos tan relevantes como la credibilidad, el lenguaje a utilizar o la complicidad con el lector.

Por eso mismo, debemos tener en cuenta:

  • El punto de vista: desde qué ojos miramos lo que sucede. ¿Los ojos de alguien que lo sabe todo, como un Dios? ¿Un ojo que sólo registra lo que ve, como una cámara? ¿O los ojos de uno de los personajes de la historia? Y, en tal caso, ¿cuál?
  • El narrador: de quién es la voz que cuenta la historia. ¿La de un narrador externo a dicha historia o la de un narrador interno, es decir, un personaje?

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Blond + Fallo del concurso literario de San Valentín

La habitación permanecía en una quietud casi venenosa. Montones de folios yacían apilados junto a unas máquinas indescifrables de color blanco. Al fondo, pegado a la pared, había un cartel de color blanco con unas cantidades sin demasiados detalles: Precio por fax, 0,05 céntimos. 25 fax, 1 €. Precio por fotocopia, 0,05 céntimos. 125 fotocopias, 5 €. Precio por fotocopia en color, 0,15 céntimos. 50 fotocopias a color, 7 €. Las paredes eran de un color blanco sucio, y la habitación era tan cuadrada que casi asfixiaba. Todo permanecía apagado. En la calle, el sonido del tráfico comenzaba a acrecentarse, la ciudad empezaba a despertarse y las farolas nocturnas se apagaban automáticamente. Una joven con gafas y pelo largo recogido en una trenza se posó frente a la puerta de cristal de aquel habitáculo, con los marcos llenos de pegatinas de cerrajeros. Con una mano rebuscaba las llaves en un bolsillo de su chaqueta. Con la otra sostenía un café de alguna cadena de cafeterías para llevar. Cuando por fin encontró aquel amasijo de acero, abrió la puerta, y de una manera mecánica y rutinaria, encendió los fluorescentes, seguidamente enchufó las fotocopiadoras y los faxes, puso los folios en los cajones correspondientes de las máquinas y finalmente, encendió la radio, en la cual sonaba lo último de Coldplay. Aún era temprano, y no vendrían los primeros estudiantes con apuntes que imprimir hasta pasadas las diez de la mañana. Pero, para sorpresa de la chica, un hombre con gabardina negra y bufanda roja apareció en el lugar. No había oído siquiera el ruido de la puerta al abrirse, pero el cliente estaba allí, así que rápidamente ella le preguntó con amabilidad: Buenos días, ¿En qué le puedo ayudar? Sigue leyendo “Blond + Fallo del concurso literario de San Valentín”

Acongojada

Sabía que el cielo de ese día no era el mismo de siempre, ni las horas que pasaban una tras otra en reloj, ni las palomas, ni la calle. Las había perdido. Y aunque sabía que sólo era depresión, que su corazón estaba hecho guijarros, no podía dejar de ver su propio espectáculo. Horrible y aterrador, angustioso y oscuro. El acongojamiento.

Noade nunca se había sentido de tal manera. Quizás porque en el fondo sabía que la inmensa tristeza nunca había conseguido atraparla del todo y vencerla. Pero ahora que estaba derrotada, tirada en el suelo húmedo y frío,  ahora que sentía las huesudas manos de la debilidad, del decaimiento voluptuoso, se había dado cuenta de cuán equivocada que estaba. Ningún dolor de desamor era comparable, ni el de la pérdida de ningún familiar, ni el del bullying escolar, nada podía compararse.

Y ella sólo se decía: “Basta, basta… Ya no más”. La muerte con sus huesudas manos le tentaba hacia el abrazo, un abrazo eterno y sin compasión, que le librara de todo aquello. Pero el miedo a lo desconocido la refrenaba.

Una lágrima escapó de la esquina de sus ojos. Una lágrima que nunca volverá.

Mujeres filósofas: Hiparquía

Hace tiempo que estoy bastante interesada con la filosofía. Y he devorado libros de filósofos concretos como Nietzsche y Platón. Y otros más conocidos en los colegios como El mundo de Sofía. Pero he sentido una tristeza bastante profunda al darme cuenta de que en clase y en los libros sólo aparecen filósofos [hombres] y no se hace referencia en ningún caso a mujeres filósofas. Cuando también han sido importantes en su tiempo, y también infravaloradas por su sexo.

Por eso mismo, he decidido investigar el tema [mientras intento retomar la rutina de la lectura para retomar las reseñas] y brindaros la oportunidad de conocer a algunas filósofas que se deberían tener en cuenta y de las cuales, la historia no hace referencia.

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Comenzaremos pues, con ésta sección, con Hiparquía (Ιπαρχία, Maronea de Tracia, ca. 346 a. C. – ca. 300 a. C.). Fue una de las primeras mujeres conocidas como filósofas, y se la conoce por compartir ideas con Crates de Tebas y su forma de vida de la escuela cínica. Libertina, contestataria y feminista, se conoce que se enfrentó a Teodoro el ateo, ya que él no estaba de acuerdo con que las mujeres se dedicaran a la filosofía, y mucho menos a las reuniones de los filósofos, olvidando sus deberes domésticos, a lo que ella contestó:  “¿Crees que he hecho mal en consagrar al estudio el tiempo que, por mi sexo, debería haber perdido como tejedora?”.

Lamentablemente no se conservan en la actualidad ninguna de sus obras. Diógenes Laercio habla de ella en su famosa obra “Vida de los filósofos más ilustres” (VI,2) dentro del apartado de Crates, su compañero sentimental, siendo la única mujer citada como filósofa en toda la obra aunque, qué sorpresa, sin tener un apartado propio. Gracias al lexicógrafo griego Suidas (s. X) sabemos que escribió al menos tres obras: Hípotesis filosóficas, Epiqueremas y “Cuestiones sobre Teodoro el ateo”.

Hiparquía rechazó la cultura oficial ateniense que recluía, excluía y subordinaba a la mujer, expulsándola del espacio público, tanto cultural, política como sociológicamente. Participaba de la vida pública y tenia “visibilidad”, frente a la “invisibilidad” femenina del momento. Desafió con su comportamiento público, su rechazo a la oikonomía y con su interés intelectual, a una sociedad patriarcal, machista y misógina.

Y hasta aquí, la referencia de hoy. ¿Qué os ha parecido? ¿Os gustaría más entradas como ésta? 🙂

Careless Whisper

Durante los días de invierno, las hojas tiritaban entre la fría y húmeda brisa que soplaba del norte. Las palabras se deslizaban sigilosamente por la pluma de color negro y se vaciaban en el fino papel, doblado por la fuerza, a veces del viento. De vez en cuando, alguien se asomaba a la pequeña plaza, curioseaba un rato, posaba su tímida mirada en sus quehaceres y marchaba, como las hojas en invierno. Últimamente, y a pesar de que se encontraba en su rincón de musas, escribir no le suponía tanto. Ya no significaba tanto, no quería seguir escribiendo de esa manera tan fría.

Se levantó pesarosamente del frío banco gris, y caminó mientras se fumaba tranquilamente un cigarrillo. El cansancio de escribir de mil y una maneras el mismo poema casi ya le producía nauseas, pero no se rendía. Sólo pensaba en su sonrisa y en aquel calor que no conocía. De su boca salía el humo después de haberlo aspirado del cigarrillo, y de su mente, mil y pensamientos.Tenía miedo de encontrarse con aquella cara en algún lugar de la ciudad, y sin embargo, las casualidades no existían, ya lo sabía.

Caminaba mientras observaba la tibieza del pequeño atardecer de la ciudad mientras se interponía la noche. Todo era tan dramático aquella noche que decidió que no escribiría más aquella escena. Cogió la hoja garabateada y la miró por última vez. La dejó sobre uno de esos bancos frente a la catedral, y desapareció entre las calles.

Los señores calvos de mi oficina

No hace mucho y con cierta sonrisa, recuerdo, un pequeño sueño producido por una siesta demasiado larga quizás. Era una tarde de esas de invierno en la que mi piso estaba demasiado frío y demasiado solitario, después de una comida algo silenciosa. Decidí que era necesario reponer fuerzas con una merecida siesta en mi cama.

Eran días de mucho trasiego en la oficina, y los montones de folios se acumulaban en el escritorio, preparados para una acción que nunca llegaba. Creo recordar que me quedé dormida pensando en aquellos montones de hojas, con cierta ansiedad de saber que tenía que hacer algo con ellos. Mi subconsciente se aprovechó de éso.

Digamos que yo acabé y no sé cómo, de nuevo, en las oficinas de mi trabajo. A rebosar de gente, a pesar de ser fin de semana. Mis pasos me condujeron hasta mi monótono escritorio, repleto, cómo no, de hojas de papel. Un suspiro cansino me sobrevino y me senté pesadamente sobre la silla. Encendí el ordenador para mirar la bandeja de correo de turno. Pero sólo un correo llegó. Curiosamente era mi jefe, que me llamaba a su despacho en cinco minutos.  Sigue leyendo “Los señores calvos de mi oficina”

Cafeterías y olvidos

¿Habéis salido alguna vez a a la calle sin las llaves y sin nadie quien después os pueda abrir la puerta de vuestra propia casa? Y para colmo, ¿Sin móvil?

Al principio, todo es adrenalina en tu cabeza. Sólo piensas en ideas radicales como en llamar a un cerrajero. Recuerdas que no has cogido el móvil y te sientes incomunicada. Apenas llevas algo de cambio con el que ibas a comprar chocolate en la tienda de enfrente de tu casa. Y se te ocurre llamar por esa cabina de teléfono que siempre ves con mil anuncios y que ¡Vaya! no funciona.

Pero, ¿Realmente lo necesitas? Tu memoria tampoco te ha dejado memorizar en cinco años el número de teléfono de tu pareja (¿Para qué? te decías, si tengo la agenda del móvil), y aunque se te ocurre pedir el teléfono en la cafetería de enfrente, te das cuenta de que es inutil. En estos momentos es cuando más te maldices por no memorizar el número de móvil, y no, no es porque no lo quisieras, simplemente la vida moderna te da demasiadas facilidades, y que cuando estás sin lo que ella te ofrece te sientes como un James Bond jubilado y con bastón. O incluso peor.

Superada la fase previa de ansiedad, decido ir, irremediablemente al chino de al lado y comprar una libreta y un bolígrafo. Con el dinero restante, decido ir a una cafetería resguardada del mundanal ruido y a la que siempre había querido ir. La tarde pasó rápidamente entre palabra y palabra. Y desde entonces, ha sido mi cafetería favorita donde para resurgir mis palabras como escritora.

¿Os dais cuenta de que estamos demasiados sujetos a las tecnologías y de lo poco necesarias que a veces son?